Llegué a Chile por allá por marzo del ‘97. Luego de varios meses de paseo, elegí quedarme en este hermoso país, que tan bien me había recibido. Por tanto, acepté la oferta de trabajo de una gran señora amiga, Gerente General de un Courier Privado que muy generosamente me hizo. Después de un tiempo, lo que me sucedía recurrentemente era que cada vez que visitaba a un potencial cliente, la pregunta de rigor que todos me hacían al escuchar mi acento era: “¿usted es argentino?”. Mi respuesta siempre era la misma: “No, no lo soy, pero qué importa que lo
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